LA TEXTURA EN LA ARQUITECTURA: revoco de cal, luz y construcción tradicional.

 

 

LA TEXTURA EN LA ARQUITECTURA: revoco de cal, luz y construcción tradicional.


San Miguel de Robledo (Salamanca). Detalle de uno de los motivos realizados.

La textura es una propiedad intrínseca de los materiales y, por extensión, de la arquitectura. Sin embargo, ha quedado relegada en una época dominada por la imagen y la estandarización de los acabados.

La textura es una propiedad intrínseca de los materiales y, por extensión, de la arquitectura. Sin embargo, su consideración ha quedado relegada en un contexto dominado por la representación visual y la estandarización de los acabados.

Desde un punto de vista constructivo, la textura puede entenderse como la configuración superficial de un material, resultado tanto de su naturaleza como del proceso de ejecución. Un mismo material admite distintos grados de acabado: desde la fractura natural de una piedra hasta su pulido, pasando por múltiples estados intermedios que condicionan su comportamiento y su percepción. Un revoco de cal, como el de San Miguel de Robledo, permite el trazado figurativo. La combinación de textura y color genera relieves visuales con valor plástico.

La arquitectura se percibe en distintos niveles. En primer lugar, la escala global —volumen, proporción y relación con el entorno—; en segundo lugar, la escala intermedia de sus elementos —huecos, vuelos, encuentros—; y finalmente, una escala próxima, donde la textura adquiere un papel determinante. Es en este último nivel donde la percepción visual se complementa con la percepción táctil, proporcionando una lectura más completa del material.

                                                   San Miguel de Robledo (Salamanca) revoco de cal texturizado.

Con el trabajo de un fratasado, encalado, o raspado se puede aportar relieve y expresión gráfica y plástica a un muro, como el realizado en este revoco.

El sentido del tacto permite identificar propiedades físicas que no siempre son evidentes a la vista, como la conductividad térmica, la rugosidad o la densidad aparente. Así, materiales como el mármol o el acero transmiten sensaciones térmicas distintas a las de la madera o determinados morteros.

Las paredes pueden ser lisas o con relieves trazados o estampados que colaboran en la fijación de la argamasa sobre el soporte y dejan una huella artística, como en el trabajo de experimentación realizado en la Escuela de Arte de Salamanca.

Escuela de Arte (Salamanca) Experiencia de revocos con texturas y color

La evolución de los procesos industriales ha permitido reproducir con gran fidelidad el aspecto de numerosos materiales. Existen cerámicas que imitan la madera, morteros que reproducen fábricas tradicionales y revestimientos metálicos que aparentan composiciones distintas a las reales. No obstante, esta equivalencia es fundamentalmente visual y no siempre se corresponde con el comportamiento físico del material original.

En este contexto, la arquitectura contemporánea ha tendido a priorizar la imagen sobre la experiencia directa. La representación fotográfica y digital, apoyada en técnicas de iluminación y encuadre, puede alterar significativamente la percepción de los espacios construidos. Este fenómeno, ya presente en la tradición escenográfica barroca desarrollada por Gian Lorenzo Bernini, se ha generalizado con los medios actuales, generando en ocasiones una discrepancia entre la imagen proyectada y la experiencia real del edificio.

GARCIBUEY (SALAMANCA) Detalle de un recercado de ventana

La textura desempeña un papel fundamental en la interacción entre la arquitectura y la luz. Las superficies completamente lisas presentan una reflexión más uniforme y limitada en matices, mientras que las superficies rugosas generan sombras propias que enriquecen la lectura del paramento. La incidencia de la luz, especialmente en condiciones de iluminación rasante, permite apreciar variaciones superficiales que aportan profundidad y dinamismo.

Este comportamiento es particularmente relevante en revestimientos continuos, como los revocos de cal. Los acabados fratasados, bruñidos o aplicados con herramientas tradicionales (fratás de madera, brocha, estropajo vegetal) producen superficies con distinta capacidad de absorción y reflexión lumínica. La orientación del paramento y la variación estacional de la luz inciden directamente en su percepción.

Desde el punto de vista constructivo, la textura influye también en el comportamiento higrotérmico del cerramiento. Las superficies con cierta rugosidad favorecen la evaporación del agua y contribuyen a la transpirabilidad del sistema, especialmente en soluciones basadas en morteros de cal. Asimismo, la articulación del paramento mediante cambios de plano —recercados, impostas o mochetas— facilita la evacuación del agua y ayuda a reducir las tensiones derivadas de variaciones térmicas.

Por el contrario, las superficies continuas, excesivamente lisas y de gran extensión, presentan una mayor susceptibilidad a la fisuración, especialmente en climas con amplitudes térmicas acusadas. A ello se añade la exigencia de planeidad absoluta que requieren estos acabados, cuya ejecución resulta especialmente crítica bajo condiciones de iluminación rasante, donde cualquier desviación se hace evidente. En muros en sombra, como el de Garcirrey, la lectura material se simplifica, pero no desaparece. La madera, el granito y el revoco mantienen su identidad visual y táctil, incluso en condiciones de abandono.

Garcirrey (Salamanca). Fachada de vivienda popular

La textura, por tanto, no debe entenderse como un recurso meramente estético, sino como una consecuencia directa del material y del proceso constructivo. Su correcta definición y ejecución dependen del conocimiento técnico y del criterio del operario, siendo difícilmente reproducible mediante procesos completamente mecanizados.

Los nuevos materiales, aplicados con el empeño de generar planos lisos, también presentan defectos que la luz puede evidenciar, como ocurre en el monocapa rascado de la imagen.

Monocapa raspado moderno. Muro al atardecer.

En un contexto donde predomina la estandarización, la recuperación de la textura implica reconsiderar el valor del material en su estado real y del proceso de ejecución como parte esencial del resultado arquitectónico.

La textura no puede transmitirse a través de medios audiovisuales. Su comprensión exige proximidad, observación directa y, en la medida de lo posible, contacto físico. Es en esa interacción donde la arquitectura deja de ser una representación y se manifiesta plenamente como materia construida.

Porque la arquitectura no se limita a lo que se ve.
Se comprende plenamente cuando se experimenta en contacto con la materia.

 



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